Cuando su abuelo le preguntó sobre un mundo sin trenes, ni vías, ni distancia, Denver se derrumbó y vomitó toda la merienda. Eran sus catorce años los que imaginaron el futuro sin todo eso. Fueron sus catorce años los que se despeñaron ese día y no supieron encontrar el camino de vuelta hacia la cima.
Denver y June (IV)
Tenían un coche con los pilotos rotos. Con él se acercaban a los lindes de otros tiempos. La nostalgia del mar les apartaba de arcenes que en otras vidas frecuentaron. Denver solía petrificarse viendo los concesionarios del polígono. Se imaginaba la vida sin el coche con los pilotos rotos. La pena era que los concesionarios cerraron muchos años atrás tras la crisis económica. Entonces se volvieron duros los créditos, las cenas y los sueños. No era buena idea invertir en papeleras ni en visionarias puestas de largo de la vida. Sólo se hicieron ricos en esos días aquellos que arriesgaron lo poco que les quedaba a los mandos de ese coche con los pilotos rotos. Denver se lamía las heridas frente a los concesionarios moribundos de las afueras.
Hacías cola sin entrada esperando cierto milagro que sólo un viaje de ida es capaz de dar forma. Por los alrededores había lirios de colores raros y un muchacho de ojos azules hacía de anfitrión entre las vallas. Lejano dejaste el coche aparcado más nada de eso puso en la balanza tus deseos por escuchar el primer acorde de la noche. Hacías cola sin entrada y no hubo músico capaz de musicar nada salvo esos malditos trenes de la noche que evocas entre versos del pasado.
Vendrán tiempos mejores June. Entonces verás que todo lo que te dije eran verdades de las que te impiden doblar la esquina por miedo a los ladrones. Sé que no es fácil creerme si miramos el "horizonte ceniza". Tenías sueños pesados como plomos que se hundieron entre tanta espera. Nos dijeron que nada era fácil, que los cajones donde descasaba nuestra herencia estaban al otro lado del mar. Ahora resulta que todo lo negro llena nuestro estadio. Te pido paciencia querida June. Paciencia para volver a las salas de cine, para deslumbrar con tu sonrisa lo poco que queda, para dejar las heridas lamidas fuera de juego. Vendrán tiempos mejores que estos, dispuestos a empezar de nuevo lejos de este polígono industrial donde nuestros corazones trabajan en turnos dobles. Miras la maleta y te tienta empezar de nuevo, dejar estas tierras, dar un portazo y dejar millas tras de ti. Sé que nada ha sido fácil, que la literatura de nuestra vida abortó en una clínica privada. Pero te aseguro que vendrán tiempos mejores, donde la lluvia ácida de sus mentiras roce a la perfección las sobras de estos platos. June, cree en mí, en estas calles desiertas, en estas farolas fundidas, en las promesas que nos dejamos olvidadas en los discos de Bob Dylan. Vendrán tiempos mejores y espero poder decirte entonces que todo fue un mal sueño, una plaga atemporal de las vidas de los otros que se interpuso en nuestro camino.
No hay sala de embarque capaz de pronunciar los nombres del pasado. Ni aeroplano con las alas que concreten sin fisuras a cada uno de los viajeros que en su interior viajan. Se puede mirar a los ojos del que espera para darse de bruces con un viaje de negocios mientras las turbinas del deseo se apalancan en barras de cafés y restaurantes. Tienen su hueco en la maleta lo débil que se muestran esos pacientes terminales por culpa de una huída sin destino ni presente.
Es cierto que no hay sala capaz de pronunciar los nombres del pasado, tan cierto como el avión que cerró sus puertas sin llegar nunca a despegar.
Salió de aquel internado con la cabeza alta, el corazón arrollado por los trenes y la inmortalidad temblando de dudas. Era un verano cualquiera, y sus padres no pasaban de los treinta y cinco años.
Denver y June (III)
Denver miró a los ojos a June. Prometió transformar percheros por distancia, bolígrafos por olvido y vistas aéreas por cicatrices en corazones ajenos. Prometió todo eso sabiendo el caballo ganador en la línea de salida. Denver era un soñador vestido de príncipe. June era ciega ante las palabras. June creyó firmemente al chico de ojos azules que estaba mirándola a los ojos. Mientras, el cielo proyectaba todos los edificios iluminados de las afueras.
Siempre que un "goodbye" asoma por las ventanillas de los autobuses de línea, Denver se refugia en los versos que una vez escuchó en un pequeño pueblo interior. Hasta mucho tiempo después no supo ver que los versos son la realidad alternativa de los soñadores de despedidas y adioses.
Las visceras de la memoria (III)
Dudas ahora que estás en la biblioteca. Te acuerdas que tienes que hacer la compra antes de que ella llegue. Despistado buscas la 'B' de Bob en las estanterías de literatura hispana. Notas el polvo y la nariz te comienza a picar. Quizás las aceitunas negras con hueso en la ensalada pueden alegrar un poco el día a June. Tratas de no olvidar que el chocolate no puede ser con leche y almendras. De repente, te encuentras con Benedetti. Algo sobre la memoria y el olvido parece contar el libro. Estás constantemente junto a tu carrito con las ruedas torcidas. Por un momento te convences de que tienes que comprar un tren de cercanías que no llegue nunca. Deben ser estos libros de poemas que tienes justo delante. Quieres algo que te haga ver la vida de otra manera, que te permita ver a June con los mismos ojos con los que las vías del tren contemplan los astros. Recuerdas que no tienes tarjeta de crédito, que tendrás que pagar con las pocas monedas que arrastran el peso de los días. La bibliotecaria te avisa del cierre próximo. Te entran las prisas y con urgencia descubres en lo más alto de los estantes 'la biografía de River Phoenix' o alguien parecido. Muestras tu tarjeta de socio mientras la sala va quedando desierta. La bolsa de patatas que sea con sabor a jamón y el tambor de jabón para la ropa que reúna el nombre de todos nosotros. Seguro que June descansa sus pies en tus piernas, mientras sigue vigilando las entrañas de la noche un 'fire and rain' moribundo.
Aviones de la juventud. A Daniel de La Hoz Sánchez.
Qué diferentes los aviones en la juventud se imaginaban, se dejaban en los cielos de unos ojos que miraban sonrisas de chicas y chicos en el inicio de las vacaciones, cumpliendo promesas que nunca se hacían, rasgando las hojas de la prensa como quien se ríe del presente. Esa es la clase de juventud que viaja entre el aire acondicionado y uniformes de azafatas. Esa es la clase de juventud con los vuelos contados más no se rinde ni reprende.
Qué diferentes los aviones en la juventud se imaginaban, y qué distintas estas manos que hoy escriben malos versos para no llevar en el recuerdo los tiempos en que no tuvieron miedo de volar.
...un perrito relamiendo las rodillas de su amo....pequeño apéndice insersible que a veces....drena los recuerdos....
Denver y June (II)
June solía mirar los posos del café. Rara vez se planteaba más que unas pocas dudas del pasado. Sabía que los trenes sólo pasan una vez por la misma estación, que cuando se alejan es para siempre. Ella no podía concebir la lejanía en cualquiera de sus variantes sin hacer una predicción certera del asunto. Con soberbia romántica miraba a Denver hacer la cena sin percatarse de todo lo que se había perdido. June era de otra época. Reñía a los alimentos, enseñaba lecciones de moral a los andenes y se masturbaba pensando en el paso del tiempo. Cuando se conocieron, June y Denver dejaron a un lado su colección de billetes de tren sellados. Cuando se conocieron, dejaron de darle importancia a los tendales vacíos, pintaron mensajes en los muros del polígono donde vivían. Cuando se conocieron June aún tenía su sonrisa de pereza. Cuando se conocieron juraron ver pasar el tren, junto a las vías. No sabían que los juramentos como todo en la vida, caducan y se vuelven indigestos.
“Even you, yesterday you had to ask me where it was at, I couldn't believe after all these years, you didn't know me better than that Sweet lady.” Bob Dylan
Como un desconocido viento idiota nos conocimos.
Tu viajabas en aviones y yo en autobuses, dejabas los cigarros a medias y yo tosía, hablabas del pasado mañana y yo de antes de ayer, llorabas con los payasos y yo por todo, viviste la pérdida y yo te la escondía, un día desapareciste y yo no te busqué, completaste los versos y yo fumaba en pipa, dijiste un te quiero y te regalé las sobras que este viento maldito fue dejando en tu cintura y tus recuerdos, te importaba tu gente y yo la quería, dejaste los días contados y no me salieron las cuentas, tuviste tu momento y yo no encontré el mío. Hoy viajas en aviones y yo simplemente monto en ellos. Me enseñaste a soñar y suspendí cada uno de los exámenes. Me susurraste que te morías y yo aún te espero.
Cuando te vayas sabré que no volverás. Deja abiertas las ventanas del cuarto y las cortinas recogidas. Te pido por favor que escribas de vez en cuanto, que no hagas como esos del norte que las fábulas retratan. Intenta descansar en el camino, no lo hagas todo de un tirón que no es bueno para tu marchita despedida. Posiblemente encuentres peregrinos con los que poder compartir algunas fotos y muchas ampollas de mis vísceras. Llévate la generosidad contigo. Piensa de vez en cuando en nosotros que nos quedamos adorando trenes que se marchan a ninguna parte. Deja caer en tus pucheros algo de aquí, alguna migaja de las razones de tu marcha. Decide por favor, la mejor manera de manchar con tinta la vida. No borres las huellas que dejes tras de ti, ni imagines el extrarradio como no es. Cuando te vayas escribe todos los versos que una vez escupiste en la basura. Cuando te vayas rasura la cabellera de la luna y parte en soledad, aunque te ruegue con mi habitual insistencia un hueco en tu carreta. Cuando te vayas no habrá farolas capaces de iluminar el desierto que abandonas.
las vísceras de la memoria (I)
Tenemos la obligación de hacer las paces ahora que estamos a tiempo. De entregar los amuletos de la suerte. Tenemos la decencia de dejar la tinta en los tinteros, de mover la ficha en su momento, de gritar mentiras a los vientos. Tenemos la misión, ahora más que nunca, de cantar la hora del cierre, de recuperar cada memoria que nos queda, de no dejar morir los sueños. Tenemos, querido Denver, entre las manos las preguntas, en las postrimerías del alba las respuestas, y un largo camino por delante.
“Los románticos corren libres en la oscuridad Pero cuando llega la luz son los primeros en arrodillarse” Elliot Murphy.
Hoy se ven con las primeras luces de las farolas unas huellas que nada, dicen, tienen que ver conmigo.
Son pisadas puede que de algún viajero venido de lejos, o de ciertos nombres del pasado que acomodo en mi regazo. Deben desprender olores de otros tiempos, algo parecido a aquellos jóvenes en los inicios de un verano que siempre está empezando. Oigo que se entablan, sentado en la terraza, conversaciones sobre las próximas lluvias y las vacaciones en las playas. Me imagino qué dirían estas huellas si la senda que van marcando dudase en su trazado, se hiciera añicos sin tan siquiera alcanzar las últimas colinas. Quizá nos plantarían el beso que no ha llegado o nos dejarían temblando en algún recuerdo que siempre se repite.
Hoy se ven con las primeras luces de las farolas unas huellas que nada, dicen, tienen que ver conmigo.
[BPR] Las Vísceras de los Polígonos Industriales - II
Denver (II)
Denver solía sentarse junto a las vías en las afueras. Era entonces cuando en esa soledad de extrarradio, dibujaba planes de futuro. Esperaba con frecuencia el paso del Talgo que se dirigía al lugar en ninguna parte de James Taylor, pero sin cumpleaños , ni tarta , ni velas. Denver era un pequeño animal de costumbres. Dibujaba con el rabillo del ojo surcos de pereza y los regalaba a las ausencias. Según el cielo se iba oscureciendo, imaginaba cómo serían sus sueños de haber nacido en otra ciudad, cómo sus límites de haber aceptado el cambio de guardia a tiempo. Solía llevar consigo una baraja sin marcar. Jugaba a solas con los silbidos lejanos y sus apuestas dejaban boquiabierto a un suspiro que de vez en cuando se atrevía con los raíles. Cuando se encontraba solo ante las vías del tren, pensaba en June. Pensaba en lo tonta que había sido al aceptar aquel trabajo. Demasiadas cosas en la cabeza albergaba Denver cuando el tren daba las gracias a su paso. Gracias por irse de esas tierras, por pasar de largo. Gracias por dejar bien claro que sólo los poemas más hermosos son dignos de sus ventanas iluminadas.
June (I)
June dejaba colgados al sol los sueños del mañana mientras bebía botellines de cerveza. Era muy joven por aquél entonces. Sólo camisetas de estrellas del rock pueblan sus tendales en estos días tan inciertos. La cerveza es la misma. Los sueños ..... no.
Este paseo por las calles sucias, oscuras y llenas de esperanza es mi tributo a una historia de amor como pocas ha habido. Pero también son retazos de existencia, pequeñas notas agridulces que no caben en ningún piano de cola. Las vísceras descansan en cada palabra, sin distinguir destinatarios y siguiendo siempre la senda que no está marcada. Esta historia de encuentros y desencuentros esconde sueños de adolescencia, tránsitos hacia edades futuras y también despertares que hacen lo posible por borrar las huellas. Los polígonos industriales son diarios vitales donde siempre uno encuentra las razones para la marcha y el regreso. Quisiera documentar con la distancia muerta de estas sábanas que hoy me arropan, los sueños que Denver y June guardaron en la caja fuerte del banco, esperando el mejor momento para hacer uso de todos ellos.
Denver (I) La puesta de largo del estío es la nueva diplomacia en fascículos. Y Denver pidiendo la hora.....
Denver y June (I) Denver solía mirar el paso de los aviones. Mientras, a su lado, June escribía pequeñas notas en su diario. A veces las nubes hacían acto de presencia y June miraba al cielo sin ver los colores. Quizás la tarde no se puede relatar de otra manera, solían pensar, pero no quedaba nada salvo vísceras de las afueras. Denver y June vivían en muchos diarios trasplantados, con mañanas de unos, relatos de excursiones de otros, en definitiva, vivían en muchas vidas diarias ajenas a ellos. Denver también solía mirar el pasado, pero los aviones le hacían perder su pista. Fueron felices pese a la distancia, aquella que marca las estelas de tantos aeroplanos tan magníficos.
Denver (II)
Denver solía sentarse junto a las vías en las afueras. Era entonces cuando en esa soledad de extrarradio, dibujaba planes de futuro. Esperaba con frecuencia el paso del Talgo que se dirigía al lugar en ninguna parte de James Taylor, pero sin cumpleaños , ni tarta , ni velas. Denver era un pequeño animal de costumbres. Dibujaba con el rabillo del ojo surcos de pereza y los regalaba a las ausencias. Según el cielo se iba oscureciendo, imaginaba cómo serían sus sueños de haber nacido en otra ciudad, cómo sus límites de haber aceptado el cambio de guardia a tiempo. Solía llevar consigo una baraja sin marcar. Jugaba a solas con los silbidos lejanos y sus apuestas dejaban boquiabierto a un suspiro que de vez en cuando se atrevía con los raíles. Cuando se encontraba solo ante las vías del tren, pensaba en June. Pensaba en lo tonta que había sido al aceptar aquel trabajo. Demasiadas cosas en la cabeza albergaba Denver cuando el tren daba las gracias a su paso. Gracias por irse de esas tierras, por pasar de largo. Gracias por dejar bien claro que sólo los poemas más hermosos son dignos de sus ventanas iluminadas.
June (I)
June dejaba colgados al sol los sueños del mañana mientras bebía botellines de cerveza. Era muy joven por aquél entonces. Sólo camisetas de estrellas del rock pueblan sus tendales en estos días tan inciertos. La cerveza es la misma. Los sueños ..... no.
June (II)
Cuando te vayas sabré que no volverás. Deja abiertas las ventanas del cuarto y las cortinas recogidas. Te pido por favor que escribas de vez en cuanto, que no hagas como esos del norte que las fábulas retratan. Intenta descansar en el camino, no lo hagas todo de un tirón que no es bueno para tu marchita despedida. Posiblemente encuentres peregrinos con los que poder compartir algunas fotos y muchas ampollas de mis vísceras. Llévate la generosidad contigo. Piensa de vez en cuando en nosotros que nos quedamos adorando trenes que se marchan a ninguna parte. Deja caer en tus pucheros algo de aquí, alguna migaja de las razones de tu marcha. Decide por favor, la mejor manera de manchar con tinta la vida. No borres las huellas que dejes tras de ti, ni imagines el extrarradio como no es. Cuando te vayas escribe todos los versos que una vez escupiste en la basura. Cuando te vayas rasura la cabellera de la luna y parte en soledad, aunque te ruegue con mi habitual insistencia un hueco en tu carreta. Cuando te vayas no habrá farolas capaces de iluminar el desierto que abandonas.
las vísceras de la memoria (I)
Tenemos la obligación de hacer las paces ahora que estamos a tiempo. De entregar los amuletos de la suerte. Tenemos la decencia de dejar la tinta en los tinteros, de mover la ficha en su momento, de gritar mentiras a los vientos. Tenemos la misión, ahora más que nunca, de cantar la hora del cierre, de recuperar cada memoria que nos queda, de no dejar morir los sueños. Tenemos, querido Denver, entre las manos las preguntas, en las postrimerías del alba las respuestas, y un largo camino por delante.
Las vísceras de la memoria (II)
...un perrito relamiendo las rodillas de su amo....pequeño apéndice insersible que a veces....drena los recuerdos....
Denver y June (II)
June solía mirar los posos del café. Rara vez se planteaba más que unas pocas dudas del pasado. Sabía que los trenes sólo pasan una vez por la misma estación, que cuando se alejan es para siempre. Ella no podía concebir la lejanía en cualquiera de sus variantes sin hacer una predicción certera del asunto. Con soberbia romántica miraba a Denver hacer la cena sin percatarse de todo lo que se había perdido. June era de otra época. Reñía a los alimentos, enseñaba lecciones de moral a los andenes y se masturbaba pensando en el paso del tiempo. Cuando se conocieron, June y Denver dejaron a un lado su colección de billetes de tren sellados. Cuando se conocieron, dejaron de darle importancia a los tendales vacíos, pintaron mensajes en los muros del polígono donde vivían. Cuando se conocieron June aún tenía su sonrisa de pereza. Cuando se conocieron juraron ver pasar el tren, junto a las vías. No sabían que los juramentos como todo en la vida, caducan y se vuelven indigestos.
Denver (III)
Siempre que un "goodbye" asoma por las ventanillas de los autobuses de línea, Denver se refugia en los versos que una vez escuchó en un pequeño pueblo interior. Hasta mucho tiempo después no supo ver que los versos son la realidad alternativa de los soñadores de despedidas y adioses.
Las visceras de la memoria (III)
Dudas ahora que estás en la biblioteca. Te acuerdas que tienes que hacer la compra antes de que ella llegue. Despistado buscas la 'B' de Bob en las estanterías de literatura hispana. Notas el polvo y la nariz te comienza a picar. Quizás las aceitunas negras con hueso en la ensalada pueden alegrar un poco el día a June. Tratas de no olvidar que el chocolate no puede ser con leche y almendras. De repente, te encuentras con Benedetti. Algo sobre la memoria y el olvido parece contar el libro. Estás constantemente junto a tu carrito con las ruedas torcidas. Por un momento te convences de que tienes que comprar un tren de cercanías que no llegue nunca. Deben ser estos libros de poemas que tienes justo delante. Quieres algo que te haga ver la vida de otra manera, que te permita ver a June con los mismos ojos con los que las vías del tren contemplan los astros. Recuerdas que no tienes tarjeta de crédito, que tendrás que pagar con las pocas monedas que arrastran el peso de los días. La bibliotecaria te avisa del cierre próximo. Te entran las prisas y con urgencia descubres en lo más alto de los estantes 'la biografía de River Phoenix' o alguien parecido. Muestras tu tarjeta de socio mientras la sala va quedando desierta. La bolsa de patatas que sea con sabor a jamón y el tambor de jabón para la ropa que reúna el nombre de todos nosotros. Seguro que June descansa sus pies en tus piernas, mientras sigue vigilando las entrañas de la noche un 'fire and rain' moribundo.
Denver (IV)
Salió de aquel internado con la cabeza alta, el corazón arrollado por los trenes y la inmortalidad temblando de dudas. Era un verano cualquiera, y sus padres no pasaban de los treinta y cinco años.
Denver y June (III)
Denver miró a los ojos a June. Prometió transformar percheros por distancia, bolígrafos por olvido y vistas aéreas por cicatrices en corazones ajenos. Prometió todo eso sabiendo el caballo ganador en la línea de salida. Denver era un soñador vestido de príncipe. June era ciega ante las palabras. June creyó firmemente al chico de ojos azules que estaba mirándola a los ojos. Mientras, el cielo proyectaba todos los edificios iluminados de las afueras.
Horizonte ceniza (I)
Vendrán tiempos mejores June. Entonces verás que todo lo que te dije eran verdades de las que te impiden doblar la esquina por miedo a los ladrones. Sé que no es fácil creerme si miramos el "horizonte ceniza". Tenías sueños pesados como plomos que se hundieron entre tanta espera. Nos dijeron que nada era fácil, que los cajones donde descasaba nuestra herencia estaban al otro lado del mar. Ahora resulta que todo lo negro llena nuestro estadio. Te pido paciencia querida June. Paciencia para volver a las salas de cine, para deslumbrar con tu sonrisa lo poco que queda, para dejar las heridas lamidas fuera de juego. Vendrán tiempos mejores que estos, dispuestos a empezar de nuevo lejos de este polígono industrial donde nuestros corazones trabajan en turnos dobles. Miras la maleta y te tienta empezar de nuevo, dejar estas tierras, dar un portazo y dejar millas tras de ti. Sé que nada ha sido fácil, que la literatura de nuestra vida abortó en una clínica privada. Pero te aseguro que vendrán tiempos mejores, donde la lluvia ácida de sus mentiras roce a la perfección las sobras de estos platos. June, cree en mí, en estas calles desiertas, en estas farolas fundidas, en las promesas que nos dejamos olvidadas en los discos de Bob Dylan. Vendrán tiempos mejores y espero poder decirte entonces que todo fue un mal sueño, una plaga atemporal de las vidas de los otros que se interpuso en nuestro camino.
Denver (V)
Cuando su abuelo le preguntó sobre un mundo sin trenes, ni vías, ni distancia, Denver se derrumbó y vomitó toda la merienda. Eran sus catorce años los que imaginaron el futuro sin todo eso. Fueron sus catorce años los que se despeñaron ese día y no supieron encontrar el camino de vuelta hacia la cima.
Denver y June (IV)
Tenían un coche con los pilotos rotos. Con él se acercaban a los lindes de otros tiempos. La nostalgia del mar les apartaba de arcenes que en otras vidas frecuentaron. Denver solía petrificarse viendo los concesionarios del polígono. Se imaginaba la vida sin el coche con los pilotos rotos. La pena era que los concesionarios cerraron muchos años atrás tras la crisis económica. Entonces se volvieron duros los créditos, las cenas y los sueños. No era buena idea invertir en papeleras ni en visionarias puestas de largo de la vida. Sólo se hicieron ricos en esos días aquellos que arriesgaron lo poco que les quedaba a los mandos de ese coche con los pilotos rotos. Denver se lamía las heridas frente a los concesionarios moribundos de las afueras.
[BPR] Las Vísceras de los Polígonos Industriales - I
Las vísceras de los polígonos industriales (Introducción)
Este paseo por las calles sucias, oscuras y llenas de esperanza es mi tributo a una historia de amor como pocas ha habido. Pero también son retazos de existencia, pequeñas notas agridulces que no caben en ningún piano de cola. Las vísceras descansan en cada palabra, sin distinguir destinatarios y siguiendo siempre la senda que no está marcada. Esta historia de encuentros y desencuentros esconde sueños de adolescencia, tránsitos hacia edades futuras y también despertares que hacen lo posible por borrar las huellas. Los polígonos industriales son diarios vitales donde siempre uno encuentra las razones para la marcha y el regreso. Quisiera documentar con la distancia muerta de estas sábanas que hoy me arropan, los sueños que Denver y June guardaron en la caja fuerte del banco, esperando el mejor momento para hacer uso de todos ellos.
Denver (I) La puesta de largo del estío es la nueva diplomacia en fascículos. Y Denver pidiendo la hora.....
Denver y June (I) Denver solía mirar el paso de los aviones. Mientras, a su lado, June escribía pequeñas notas en su diario. A veces las nubes hacían acto de presencia y June miraba al cielo sin ver los colores. Quizás la tarde no se puede relatar de otra manera, solían pensar, pero no quedaba nada salvo vísceras de las afueras. Denver y June vivían en muchos diarios trasplantados, con mañanas de unos, relatos de excursiones de otros, en definitiva, vivían en muchas vidas diarias ajenas a ellos. Denver también solía mirar el pasado, pero los aviones le hacían perder su pista. Fueron felices pese a la distancia, aquella que marca las estelas de tantos aeroplanos tan magníficos.
Podéis desear al cantante de vuestra juventud, dejar vuestras palabras para otros, remendar los calcetines de la dignidad perdida. Podéis temer sin reservas a los altos vuelos sobre mares de dudas. Podéis decir que es tarde y tener veintitantos, asumir las horas de la madrugada como vuestras, sangrar en el asfalto cuando los astros se esconden. Podéis echar de menos las huellas de acordes que otros tocaron alguna vez. Podéis comprar pisos, arruinar los ladridos de los perros apostando por el graffiti y el brillo de los ojos. Podéis odiar, sudar ginebra romper papeleras y esperar taxis en las primeras horas del día. Podéis cocinar imposibles recetas de dignidad y dudas. Podéis decir que es tarde para algunos, elegir el concierto de vuestra vida, quemar las naves y hacer que esta noche dure para siempre. Podéis decir que lo intentasteis, que nada fue lo que esperabais. Podéis olvidarlo, dejar a un lado todo aquello y empezar de nuevo. Podéis seguir ofreciendo la luz y la sombra, la honestidad del que empieza a vivir en la reserva, dejando como hacéis en la mochila del poeta la plata de los días.
Una noche de fiesta "no existe ni el futuro, ni el pasado y mucho menos el presente" Anónimo.
Fue en esa taberna del centro donde nos bajamos creo que varios botellines de cerveza. No hablabas de romances ni problemas de casa. Tenías los veinte en cada pitillo que ofrecías. Después siguieron las afueras, el humo de los bares y las bragas y sostenes de tus amigas. El ciego de esa noche fue un sucio truco para desvelarte mis versos, mis inquietudes y urgencias por salir vivo de la trampa. Se te escapó una mano sobre una de las mías, nos miramos y comprendimos que la muerte se esquiva entre sueños imposibles y botellas vacías.
Aquel concierto con los ojos azules En el día de la muerte de Danny Federici.
I
Las sirenas en los descampados son los sueños del silencio. Joe en sus trece desnuda ante mis ojos las carreteras abandonadas en orfanatos de provincias. El mar en su refugio debe una fortuna y sus días están contados. Joe para el coche en seco como se detienen las horas en camas deshechas. Hay olas y la marejada es el primer coche que huele a urgencias y erecciones. "Dame un beso y la canción sonará para siempre". Joe sobre el lavabo masturba los años venideros. Hay un tren en cada corazón de los hombres que nunca llega a su destino. Joe con un disco de rock descubre ventanillas iluminadas en vehículos abandonados.
II
Alberto llevaba a su hijo a las afueras, le contaba de los astros y los hombres. Miraba las casas vacías igual que se mira la ropa interior bajo el uniforme de trabajo. Alberto inventaba historias de trenes vencidos instantes antes de iniciar el viaje. Su hijo era la ventana abierta de un muro de ladrillos. Se entretenían con el paso de los transbordadores en el puerto. Alberto recitaba en alto canciones de unos y otros y su hijo soñaba con los payasos de los cuentos. Alberto sabía que todo deseo envejece igual que una canción tiende su mano a los tiempos que atrás quedaron. Alberto en las afueras susurra a su hijo palabras dormidas.
III
Se puede disparar a la luna, pero solo matarás lo que ilumina la noche. Ricard en el polígono mirando los astros. La seguridad de la pérdida solo la garantiza el abandono. Ricard reduce a tercera al amparo de naves industriales. Puedes gritar a la oscuridad de la noche pero no por eso llegará el día. Ricard se muerde las uñas en silencio. Un matemático no puede solucionar las ecuaciones que permiten acortar el camino. Ricard sintoniza la radio. Dicen que sólo hay una carretera que lleva a muchos finales. Ricard dice que si tus sueños son posibles no tienes nada que perder. También dice que si no miras atrás los finales se vuelven palabras dormidas.