12.4.09

[DES] Breves notas tras el cierre de JeSúS Club.

“Luego dice que tiene que irse ya,
que sólo iba de paso.
Nos despedimos con melancolía.
Y se va para siempre.
“Oir la luz”. Eloy Sánchez Rosillo.


Supongo que todo en la vida llega y de diferentes maneras suele irse. A veces todo eso se va sin hacer ruido, dejando atrás bagaje de huellas que generalmente se dirigen hacia ninguna parte. También ocurre que se van sin desaparecer del todo, más que nada porque no es posible de un plumazo hacer como que nada pasó. Supongo, porque me paso los años suponiendo, no me queda otra alternativa, digo que supongo que para todas las idas y venidas hay razones sobradas como para dejarlas reposar en el devenir de los tiempos.

Se va aprendiendo con el paso de las estaciones ha tomarse los principios y finales, los adioses y despedidas y toda esa mierda literaria, como el que se toma el camino largo y pesado recorriendo una carretera secundaria.

No resulta sencillo, así todo, levantar una mano en la que uno no se reconoce para simbolizar que algo ha terminado, o está a punto de terminar. De todas maneras, los hilos telefónicos de la memoria muestran su cara para privilegiar en los escalones del recuerdo a todas esas cosas que un buen día deciden emprender un nuevo rumbo.

¿Dónde quiero fijas mis ojos, dónde dejar plasmado mi agradecimiento existencial ahora que los pliegos que han sostenido un sueño engendrado hace quince años se evaporan en la noche? Decididamente no lo tengo claro, pero como todo en la vida, sin claridad suficiente la luz duele, pero a veces se llega casi a oír si uno presta atención.

Sólo puedo recordar, pues son luminosas las horas del recuerdo, fogonazos de aeropuertos, de viajes y calor, todos ellos iluminados por algo parecido a un polígono industrial. Pero ojo, que vuelvo a desviarme y quiero por una vez aterrizar este discurso.

Hubo un tiempo, en el que Denver soñaba despierto, con todo un mundo por delante, en el que June comenzó a reconocer los astros, en el que Apollon hizo lo posible por buscar aquello que no le contaron. En ese tiempo, todos ellos hicieron un esfuerzo por mantener el estandarte de la libertad con dignidad ante los vientos cambiantes. Esa libertad que simbolizaba la juventud, la crítica haciendo uso de la palabra, la revolución encabezada por los besos y la pasión de unos jóvenes que empezaban a serlo. Hubo un tiempo de cambio, de encarar la edad con gallardía, un tiempo que se resistía a morir en medio de un desierto.

En esos años primeros uno se imaginaba las despedidas desde la oportunidad de comenzar algo nuevo, distinto, esperanzador y cargado de futuro. En esos años primeros uno no podía ni por un momento imaginar como los adioses pueden desterrar de un plumazo los sueños de los hombres. En esos años primeros, Denver dijo que te dejaría entrar en sus sueños si le dejabas entrar en los tuyos. Y como no podía ser de otra manera, cumplió con su palabra.

Muchas gracias.

© Gabriel Esmero

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5.3.09

[BPR] Prólogos - Aldebarán

En los cristales de puertas y ventanas, en los espejos de los lavabos, en la superficie de las mesitas, en la moqueta del suelo, con lápiz labial, con bolígrafo, con rotulador, con chocolate, muchas manos, ancianas, maduras, infantiles, han escrito la palabra Aldebarán. (José María Merino)


Aldebarán

Mi nombre es Apollon. Sé que es un nombre exagerado como mi padre, enorme y pendenciero, que es quien insistió en que así me llamara. Mi madre cedió, como en muchas otras cosas, aunque el nombre no le agradara. Siempre consentía a desgana y cuando mi padre le daba la espalda decía en voz muy baja: como tú quieras, amor. Ni siquiera opuso fuerzas a la muerte cuando vino a por ella, después de un resfriado mal curado. De mi padre nada más supe. Nunca logré preguntarle por qué me llamó Apollon.

Hay pocos detalles que recuerde de entonces, de la casa en la que vivíamos o de ellos. Ni si esta obsesión de ahora por el arroz y la comida china tiene algo que ver con el pasado. Quizá sean las pastillas, las que me hacen comportarme de este modo. Pienso que deben ser las azules. No creo que sean las otras, las blancas o las grises. Debería preguntárselo a los médicos. Aunque sea uno de los pocos caprichos que me conceden en el sanatorio y pueda perderlo si piensan que el arroz o la comida china me sientan mal. No se lo diré. No pueden permitirse otra muerte más.
Los otros caprichos son sencillos, una pequeña nevera y un televisor en blanco y negro. Detesto el color, aunque antes me fascinaba. En la nevera guardo la comida china. Sólo la tomo cuando está fría, y la salsa, antes líquida, se ha convertido en gelatina. No soporto la comida caliente. Es una manía como otra cualquiera y dudo que esto me convierta en un bicho raro. Algunos piensan que lo soy. Que lo hagan si quieren. Del televisor poco tengo que decir, si acaso que me ayuda a concentrarme y que no soy capaz de cortarme las uñas de los pies si no lo tengo encendido. No creo que los médicos toquen nada de esto. Es lo que me mantiene vivo.

Dicen que la vejez ya me alcanzó, pero yo me siento como siempre. Nada ha cambiado desde la última vez que vi a June, en la isla, y dio por zanjada nuestra relación. Entonces me gustaban los colores. Sobre todo los del bosque en otoño. Sigo en aquel día como si de un único surco de vinilo se tratara. Un vinilo que resuena de manera continua dentro de mi cabeza, igual que el zumbido de la nevera o el extraño sonido que sale del televisor y que intento una y otra vez descifrar mientras me corto las uñas de los pies.

Quizá mañana vuelva a intentarlo, me digo al irme a la cama. Lo repito todas las noches. Pero por las mañanas, lo he olvidado todo. Será por las pastillas, las azules, no las blancas o las grises.



La última vez que lo intenté fue en febrero. Había nevado, pero no me importó. Me abrigué bien, dos pantalones, dos camisetas y un jersey grueso de lana, me puse el gorro de orejeras y unas buenas botas de montaña. Desayuné un gran tazón de arroz con salsa de soja y pepinillos. Salí temprano, casi de madrugada, pues se tardaba unas horas en llegar, y más si el camino estaba nevado. Primero tuve que alejarme del pueblo, dejar atrás el cementerio donde está mamá, y seguir el camino que bordea el río en dirección a la montaña. Tras media hora de caminata, abandoné el cauce y me adentré en el bosque. Un bosque frondoso, lleno de arbustos y rodeado de pinos. Continué por un pequeño sendero que hacía zigzag entre la espesura hasta escuchar la música. Luego sólo tuve que seguir su rastro, el del violín. El sonido te guía hasta el centro del bosque, donde los pinos se retiran y se forma una hermosa isla de hierba verde, no muy alta. Pero aquel día todo estaba cubierto por la nieve, no se veía ni una brizna de hierba. June no había llegado aún. Esperé un buen rato. Unos extraños pájaros negros volaron muy cerca de donde yo estaba. Emitieron un agudo sonido mientras daban un giro pronunciado y se perdían tras la montaña. June no vendría hoy. Regresé cansado, auque no me daba por vencido. Volvería a intentarlo.

Esta mañana me he levantado con el recuerdo exacto de lo que pensé anoche. Quizá sea una señal. Me he mirado en el espejo, antes de salir, y por fin me he reconocido. Ni rastro de ese otro rostro envejecido que me ha devuelto la mirada todos estos años. He caminado más ligero que nunca. Hoy no está nevando. El sol está ya alto y el cielo limpio de nubes. Me ha costado escuchar la música. Sonaba más lejana, como si algo la impidiera llegar a mí. He llegado a la isla, pero no he podido acceder a ella. Un grueso muro de piedra la circunvala ahora y no hay ninguna puerta que me permita entrar. Me he subido a uno de los jóvenes pinos, cerca del muro de piedra, y desde allí he podido ver la isla de hierba agostada. Y también una sencilla casa en el centro, rodeada de gravilla. Puedo observarla bien, pues no estoy demasiado lejos. Es una casa blanca, con una sola puerta y una ventana de color añil. He permanecido encima del árbol mucho tiempo. Tengo las piernas entumecidas y el sol ha desaparecido tras las moradas montañas. Creo que hay alguien dentro de la casa, pues se ve el humo saliendo por la chimenea. No me muevo, no puedo o no quiero. La noche cae completamente y entonces se observa una sombra reflejada en la ventana. Es la sombra de una mujer. Permanece largo tiempo junto a la ventana. Sin duda, espera a alguien. Tiene el reflejo del fuego en sus ojos. Acerca el rostro al cristal de la ventana y se forma sobre él una tenue capa de vaho. Un dedo nacarado comienza a trazar despacio unos signos sobre la superficie. Todos ellos juntos forman una palabra. Una extraña palabra que se repite insistente sobre la ventana como si fuera un mensaje apremiante. La palabra que leo una y otra vez es Aldebarán.

Es de noche. La casa ha desaparecido. Sólo se intuye el grueso muro que la circunvala. Ahora sé que puedo bajarme del árbol y regresar al sanatorio. Y que no es necesario que vuelva mañana a la isla, ni pasado ni al otro día tampoco. No tengo porque volver más, pues ya he llegado a mi destino.

© Aarón Pérez-Bolívar(texto), Ricard Clupés (fotografía)

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26.2.09

[BPR] Vísceras - Entrega XXIII

Denver y June (XI)

Se juraron que morirían juntos. Claro que la playa y el sol del mediodía animaban a esas manifestaciones categóricas. Pero cuando se lo dijeron parecía que no había nada más sobre la faz de la tierra. A lo lejos unos perros hacían hoyos en la arena de una playa que gritaba su nombre y se perdían sus palabras en la costa. June no era amiga de atarse para siempre y mucho menos de achacar los juramentos a despistes de verano. Denver sin embargo sostenía las manos de ella igual que la banda sonora de otros tiempos mantiene alerta la memoria. Si se miraron a los ojos nadie lo supo, ni siquiera ellos. Se juraron que morirían juntos en el mismo momento en que dejaron de besarse.



Horizonte Ceniza (X)

Cuando te sientas cerca a las vías del tren, comprenderás que el viaje no acaba aquí, que siempre está empezando.

© Fernando Llorente (texto), Ricard Clupés (fotografía)

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19.2.09

[BPR] Vísceras - Entrega XXII

Denver (IX)

Debían de ser poco más de las cinco de la tarde. Estaba ojeando despreocupado escritos de juventud y cartas de otros tiempos. Se preguntaba si esa caligrafía temblorosa y apenas inteligible alguna vez había nacido de entre sus manos. Pensaba qué hacer con todo ese material caduco, con esa memoria que no le parecía haber vivido. A veces Denver necesitaba mirar atrás para darse cuenta de que todo abismo que uno supera al final acaba apareciendo de nuevo. Debían de ser poco más de las cinco de la tarde cuando Denver apuró su cubalibre pensado en todas las paredes que contemplaron cada verso que ahora no entendía. Suele ocurrir que cuando se recita la vida, pensaba, no hay un sólo espectador dispuesto a ocupar los primeros asientos del anfiteatro.



Horizonte ceniza (IX)

¿Dónde te encuentras ahora elegante Denver?.

© Fernando Llorente (texto), Ricard Clupés (fotografía)

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12.2.09

[BPR] Vísceras - Entrega XXI

Apollon (V)

Alguien dijo una vez que follarse a la luna era la mejor manera de saldar las cuentas pendientes. Apollon deseaba con todas sus ganas eyacular en pleno cuarto menguante. Sin embargo se limitaba a mirarse en el espejo, descorchar una botella de vino y delimitar la distancia que le separaba de Ella. Apollon pensaba en June, mientras se masturbaba contemplando el cielo desde su terraza. Pesan demasiado los astros del pasado como para negarse a aceptar un cielo desierto de estrellas y satélites luminosos.



Horizonte ceniza (VIII)

Sólo aquellos que forman parte del mundo de los ceros a la izquierda son capaces de construir un astro.

© Fernando Llorente (texto), Ricard Clupés (fotografía)

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5.2.09

[BPR] Vísceras - Entrega XX

June (VII)

Todas las noches, en la cocina, medía con cuidado sus dedos al trasluz junto a la ventana. Los observaba con sumo cuidado, como buscando una estación que se escapó del calendario. Se extrañaba de la ausencia de manchitas blancas en sus uñas, se detenía en los pellejos doloridos y en las yemas, como buscando alguna pista que indicara la dirección a seguir. June no temía a la penumbra, pero sí a unos dedos que no fueran dignos de agarrar con fuerza los pedacitos de unas vidas que apenas reflejaban importancia.



Horizonte ceniza (VII)

No hay guerras sin batallas, pero sí batallas sin guerras capaces de acabar con cualquier imperio.

© Fernando Llorente (texto), Ricard Clupés (fotografía)

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27.1.09

[BPR] Astros - Entrega XIII

Deudas

Un cero a la izquierda debe algo
lo mismo que el astro que contemplas
en un balcón imaginario.

Un cero a la izquierda debe algo
de la misma manera que tus palabras
dormidas.

Un cero a la izquierda debe algo
más grande que las últimas huellas
que dejaron de marcar nuestro camino.

© Fernando Llorente

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20.1.09

[BPR] Astros - Entrega XII

Cenizas
A la foto de la playa

No hay seña
o unas huellas
ni tan siquiera un faro
que oriente
lo que en ti
la pérdida ha posado.

Hay ceniza sin embargo
sobre tu rabia
y los brillos de otro tiempo.

Hay ceniza que no vuelve
a ser como fuiste
ante otros ojos.

Hay cenizas, es verdad,
que gritan tu nombre
y no te encuentran.

© Fernando Llorente

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15.1.09

[BPR] Vísceras - Entrega XIX

Apollon (IV)

Solía llamar a su representante. No le gustaban las mañanas para entablar conversaciones sobre sus pinturas. Para eso reservaba las tardes de luz y olor a urbe en plena actividad. Se recogía el pelo, buscaba el número en su libreta y cruzaba los dedos sin demasiado convencimiento. Apollon se sabía carne de cañón, el perfecto objetivo del arte camuflado en la Historia. Sin embargo, no sentía el final del camino en sus intentos por alcanzar una exposición, un hueco donde plasmar sus láminas que siempre reflejaban a June. Solía llamar a su representante como quien llama al cerrajero cuando las puertas se vuelven inservibles.



Horizonte ceniza (VI)

Resulta que una vez que llegas al destino, es cuando empiezas a correr.

© Fernando Llorente (texto), Ricard Clupés (fotografía)

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16.12.08

[BPR] Astros - Entrega XI

A destiempo

Un lago en las montañas,
los bolos de la bolera,
las páginas de algún libro,
palabras en mostradores
transmitiendo lo que queda,
la guitarra del amigo,
decenas de cervezas en la oscuridad
de la noche,
las páginas del periódico,
una cena que siempre es la última,
los padres y las madres,
sentadas en Mendoza
protestando por los otros,
los finales que se confunden
con principios,
los reproches de los jefes,
camas desechas,
todo lo que a destiempo
dejamos en el camino.

© Fernando Llorente

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9.12.08

[BPR] Astros - Entrega X

Lo que queda

A los raros de corazón

Palomitas y refrescos
una sala vacía con subtítulos
junto a las butacas
antes del "the end"
una pareja que se quiere.

Lo que queda del asunto.

© Fernando Llorente

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2.12.08

[BPR] Astros - Entrega IX

Estantes vacíos
A Álvaro Puertas

Como los vuelos nocturnos
que dejan brillos y estelas.

Hay libros que pende de hilos
y ojos templados
que duran para siempre.

Como los vuelos nocturnos
hubo una vez el todo y nada
en estos estantes vacíos.

© Fernando Llorente

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25.11.08

[BPR] Astros - Entrega VIII

Hombre del tiempo
A Jesús Ángel Adamez

Los malos vientos de este noviembre
entre isobaras y alertas.

El hombre del tiempo
que se atreve con todo.

La luz del verano que hoy vives
en estos penosos días de invierno.

© Fernando Llorente

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18.11.08

[BPR] Astros - Entrega VII

Escalada

Un pellizco para asegurarse
que está despierto.

Un asunto menor que recorre
los pasillos en penumbra.

Un barranco sin caída
ante las últimas horas
del atardecer.

© Fernando Llorente

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13.11.08

[BPR] Prólogos - Denver y June (II)

(Prologo II)

Al sol siéntate. Y abdica
Para ser rey de ti mismo.

(Ricardo Reis)


¿Has visto la luz?

La niña estaba sentada en la arena. La madre, a unos metros. En el horizonte se perdían los trazos de unas nubes color naranja. La madre, de vez en cuando, alzaba la vista del libro y observaba a la niña jugar. Más por costumbre que por preocupación. La marea estaba baja. Tendría que andar unos metros por la orilla y adentrarse en ella si quería que sus pies se cubriesen con la espuma del mar. Pero aún era pronto para eso, pensó la madre. Luego, miró el reloj. Marcaba las diez de la mañana.
Al salir del coche en el aparcamiento, la madre se había vuelto hacia la niña, mientras intentaba encender un cigarrillo, y le había preguntado:
-¿Has visto la luz?
Al principio la niña no le entendió. Era demasiado pequeña. Miró al cielo, un cielo azul y despejado. Su madre se hacía un hueco con los dedos de la mano, para poder encender el cigarrillo, y con la barbilla gesticulaba para que la niña mirase hacia lo alto. Era temprano. El sol quedaba por debajo de ellas, tras los pinos y los chalets baratos. Había en todo una luz especial, pero eso, la niña, no lo sabía. Sólo más tarde, pasados los años, lo volvería a encontrar. Esta vez, no en la playa, sino en palabras de Cernuda (Aunque sólo dure unos días, la luz parece eterna). Una luz especial, dijo la madre de nuevo dándole la mano. Como la que deja en ti una buena comida o tu bebida favorita. Mientras caminaban con dificultad por las primeras dunas, la niña recordó las palabras de la madre y pensó al instante en bombones de chocolate y zumo de frambuesa.
Elegían siempre la misma playa e iban al amanecer. Cuando tan sólo paseaban los jubilados a sus perros. A esa hora insólita, amanecían también las parejas de enamorados, entumecidas y ocultas tras los escombros del viejo casino. En los días claros, como hoy, la niña y la madre podían ver el Palacio al fondo, al otro lado del mar, junto a las pequeñas velas blancas como gaviotas reflejadas en las aguas. Veían, incluso, la ciudad. La ciudad gris en donde vivían.
Día tras día, buscaban el mismo sitio y la niña realizaba idénticos rituales: cogía la arena con el cubo y la pala de plástico; la amontonaba en un lugar concreto; y luego, con el pequeño rastrillo, ahondaba en la arena para construir un buen foso. A continuación, empezaba con la edificación del castillo y el traslado de agua para cubrir el foso. Tenía la convicción de que si se esforzaba, y la marea y el viento la dejaban, el castillo crecería tanto como ella. Y si tenía paciencia, cabría dentro. Quizá no de pie, ni de rodillas, pero sí sentada. Mientras, la madre permanecía tumbada en su toalla, a unos metros de la niña, leyendo una revista.
-¿De qué trata? –preguntó la niña.
-Es una revista de poesía.
La niña sabía lo que eran los poemas. En la escuela, le hicieron memorizar algunos. A ella le gustaba, sobre todo, aquel que empezaba así: Los días de fiesta/ van sobre ruedas./ El tiovivo los trae, y los lleva… Pero no recordaba más, por lo que le pidió a la madre que le leyera cualquiera de la revista, por si se parecía.
La madre accedió, y le eligió uno. Lo leyó con voz clara y melódica, como si entonara una canción, con la barbilla ligeramente levantada y el temblor en los labios:
-Que la vida tenga/ siete dimensiones./ Que haga sol de su sombra/ y de su nieve lumbre…



La madre siguió leyendo, pero la niña ya no le prestó atención. Un niño se había acercado al castillo y ella le observaba atenta desde donde estaba. El niño tenía el flequillo demasiado largo. Apenas se le veían los ojos, como si quisiera esconder un defecto. Estaba muy moreno, los pies los tenía negros. Fue lo primero que vio la niña, sus pies morenos. Lo segundo, un bañador demasiado grande color granate.
-Si quieres te puedo ayudar. Entiendo de castillos –le dijo el niño.
Tendría la misma edad que ella, pero cuando fruncía el ceño, parecía mayor.
-Vale –dijo la niña.
-Es de lo que más entiendo –continuó el niño-, de castillos. Me paso el día levantando castillos en la arena.
-¿Y en invierno también?
-En invierno, los hago de papel, en el garaje de mi casa -contestó el niño.
La niña sonrió.
-Está bien. Me puedes ayudar, pero por mucho que tú sepas de castillos, nunca sabrás más que yo. Eso no lo olvides.

Estuvieron toda la mañana acarreando arena, añadiendo más dependencias, ensanchando las murallas y evitando que el agua les estropease lo ya construido. Antes de marcharse, la fortaleza parecía una verdadera ciudadela. Con sus torreones, sus almenas e, incluso, sus diminutas ventanas.
-Si lo hiciéramos mayor, podríamos entrar, subir por las escaleras de caracol de la torre del homenaje y pasearnos por las murallas. ¿No crees?
-Puede –dijo el niño, aunque no muy convencido.
-¿Y sabes lo que veríamos por esas pequeñas ventanas?–le preguntó la niña.
-No –contestó él.
-Otra ciudad, otra playa –dijo ella.

La madre se levantó y sacudió con cuidado la toalla. Se marchaban ya. Metió la revista en el bolso de mimbre y recogió las colillas de los cigarrillos que había fumado. Las guardó en un trozo de papel de plata.
-¿Vendrás mañana? –preguntó el.
-Quizá. Mi madre dice que depende de la luz –contestó ella levantándose y sacudiéndose la arena del bañador.
Se despidieron. La niña le dio un beso en la mejilla. El niño se quedó rígido. Un beso era lo que menos esperaba.
Ya desaparecían la madre y la niña de su vista, cuando el niño reaccionó y gritó:
-Aún no sé tu nombre, ¿cómo te llamas?
Ella se giró. Avanzaban por la orilla, madre e hija, cogidas de la mano. Pronto subiría la marea y se lo llevaría todo. El castillo, con sus torres y murallas, desaparecería. Nadie negaría que aquello fuera un sueño. Las olas o la espuma, qué más da.
-Me llamo June –le gritó ella.
June, pensó, es raro, pero me gusta.
-Yo soy Denver.

© Aarón Pérez-Bolívar(texto), Ricard Clupés (fotografía)

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11.11.08

[BPR] Astros - Entrega VI

Bohemia

Son escalones de madera que cruge
de paredes torcidas y mustias.

Claros y oscuros ningún brillo
vírgenes de plata en los rellanos.
Deberes sin hacer al final de una tarde
compuestos y sin novios las
altas azoteas de pisos vacíos.

© Fernando Llorente

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6.11.08

[BPR] Vísceras - Entrega XVII

Aart y Ellen (I)

Se encontraban en el hospital como dos vagabundos perdidos. Los pasillos kilométricos plagados de enfermeras y médicos inexpresivos se intuían como un final del camino. Se miraban de reojo, sintiendo en sus cogotes la ira del punto de llegada. Porque efectivamente se encontraban a punto de rebasar la meta. Ellen marcaba con su mirada los relojes de las paredes como si fueran teléfonos. Aart intentaba buscar la recepción asumiendo el fracaso de su intento cuando por fin un médico les agarró de los hombros, con la certeza del que sabe que manda en su territorio, Ellen no pudo reprimir el llanto. Aart nunca tuvo una palabra amable para los desconocidos, pero en ese momento, le dio las gracias al doctor sin apenas mirarle a los ojos. Todo estaba correcto, su hijo viviría mirando a la vida con unos ojos que apenas dejarían destellos del pasado. Ellen y Aart entrelazaron sus gestos y
supieron que Denver haría todo lo posible por alcanzar la dicha entre las oscuras sombras que alguien dibujó en los muros de todos nosotros. Era una incubadora y la soledad de unos padres perdidos en los pasillos de un maldito ambulatorio de provincias.



© Fernando Llorente (texto), Ricard Clupés (fotografía), Laia (modelo)

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4.11.08

[BPR] Astros - Entrega V

Mentira

Donde dejó los pelos un huesudo
quedo absurdo y violento ruido.

Claros y nubes desde la bicicleta
se vislumbran. Tembleque de manos.

El pelirrojo de la esquina
algún ladrillo destartalado.

Como la crecida de un río manso
discurre tu recuerdo entre
toda esta mentira.

© Fernando Llorente

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30.10.08

[BPR] Vísceras - Entrega XVI

Apollon (III)

Se cortaba las uñas viendo el televisor encendido. Viajaba siempre que podía hacia la pérdida que dejan los dedos recién arreglados. Le costaba concentrarse en las imágenes, en las noticias internacionales y apenas podía tolerar la publicidad marginal de los canales de pago. Se cortaba las uñas en silencio, oyendo el zumbido de la nevera mientras su rostro juvenil en los cincuenta reflejaba los ecos de las calles vacías. Se cortaba las uñas viendo el televisor encendido.



Horizonte ceniza (V)

Si deslizas uno de tus dedos por la espalda de un desconocido, entonces verás que no hay columna vertebral capaz de ofrecerte un tacto que no te pertenece.

© Fernando Llorente (texto), Ricard Clupés (fotografía)

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28.10.08

[BPR] Astros - Entrega IV

Broche de un desnudo

Concretas un cuerpo desnudo
con sus parches, lunares, medias lunas de humedad.

Concretas aguijones de lujuria
ante ti las putas del puerto o de la estación.

Los broches antecesores de lo oído
crucifican los instantes de la marcha.

Escalofríos de desnudos son lo mismo
que rememoranzas sangrantes de algún odio.

© Fernando Llorente

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JeSúS Club cierra sus puertas temporalmente...

Después de más de 4 años en la red y de la aportación de 11 colaboradores que, alternando rachas de máxima actividad con otras más "relajadas", han dado vida a 15 secciones y más de 600 posts, ha llegado el momento de que JeSúS Club cierre sus puertas.

Los objetivos con los que surgió este proyecto fueron permitir que un grupo de gente se mantuviera en contacto, algo que de otra manera habría sido más complicado o incluso imposible conseguir, y ofrecer un sitio desde el que los colaboradores pudiéramos compartir nuestras reflexiones sobre los temas que más nos gustan, intentando entretener con ellas a nuestros lectores.

El desgaste a lo largo de este tiempo ha sido importante para todos, y cuando algo con lo que deberías disfrutar se convierte en una rutina, en una obligación... acabas por perder la motivación.

Es probable que algún día JeSúS Club reabra sus puertas, no sé con qué forma, con qué fondo, ni cuándo, pero confío en que vuelva. Esto es tan sólo el fin de un ciclo...

En este "hasta luego" quiero dar las gracias a todos los colaboradores que han ido pasando por este Club, y que han aportado su esfuerzo y su ilusión a este proyecto, dando siempre lo mejor de ellos mismos. Quiero dar las gracias especialmente a quien me ha acompañado a lo largo de estos 4 años y que, en varias etapas, ha sido el principal (y casi único) sustentador de todo esto. ¡¡Gracias, Zineman!!

También me gustaría dar las gracias a todos los lectores que con mayor o menor frecuencia habéis querido pasaros por aquí y compartir con nosotros este espacio.

Un saludo a todos, un abrazote a los colaboradores, y hasta luego...


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